Por Luz de Díaz.

Introducción: Basado en hechos reales de varias mujeres, pero aderezado con algunos sinsabores, “recomiendo discreción por las escenas dramáticas aquí vertidas”, como dice la televisión. No me lo tomaría tan en serio, aunque lo que hablo no es broma.

 

Entonces, salí de casa. Con las obligaciones laborales, emocionales, espirituales y formativas de mi joven hogar. Una empresa me dio empleo, con la crisis laboral que había. Lo consideré un milagro personal. Y luego, debía volver a casa con toda la disposición donde me esperaba el cuido de los niños, hacer súper, un esposo sin trabajo y viviendo en profundo luto… y yo simplemente debía hacer que TODO funcionara. Nada de lo que hacía alcanzaba para todo lo que se debía cubrir monetaria, emocional y humanamente.

Recuerdo esos días con una sensación constante de que estaba a la orilla de un abismo, con una fuerte ráfaga de viento que me empujaba en la espalda, y lo único que hacía era pedir a Dios que el viento cesara. Que no me tirara al vacío porque tenía demasiadas personas en los hombros y el corazón con quien cargar y no había permiso de llorar, guardarme en una cama aunque sea un domingo, “porque si mamá está mal, el hogar entero se pone mal”.

Había visto a mi madre, la mujer más fuerte que conozco, salir las madrugada para trabajar, ella no tenía vacaciones, por llevar el sostén del hogar. Así que, quién era yo para encerrarme un rato y sentirme sobrecogida por tanta obligación y sin permiso de llorar?, o quién era yo para irme a un café a platicar con otro adulto que me escuchara y comprendiera, y mis deseos perentorios de salir corriendo? Las mujeres de mi linaje no tenían el caparazón blando, jamás se sentirían mal por mi situación.

Con el paso de los años, me di cuenta que había una lista de cosas que algunas esposas, madres, hacemos a diario. Esas cosas nos desgastan y que nadie más hace, en el hogar y fuera de él. Por el simple hecho de haber nacido con ovarios.

Hoy veo con alivio las libertades que tienen muchas mujeres recién casadas, divorciadas y solteras. Pero las casadas en la década de los setenta y ochenta, hasta algunas de los noventa, diría que nos insertaban el chip de la “Stepford Wife”.

No había necesidad de aumentar el nivel de drama, la realidad ya era buena, así que poco a poco fui tratando de hacer persuasivas las tareas domésticas. De manera que todos viéramos que si elegíamos repartir actividades, todos podíamos disfrutar el uno del otro, al unísono. Sabía que me esperaba una situación nada fácil, porque en este país miran como humillación o extrañeza a un hombre que lava platos o se hace cargo de alguna tarea doméstica; nos dicen que los niños deben tener infancia y que nosotras somos las adultas, por tanto, no debemos romper su hermosa burbuja de comodidades con las tonterías que mamá hace en casa. Para que todos tengan una vida equilibrada y feliz. En el campo sentimental es casi lo mismo, los sentimientos y necesidades de mamá deben ser invisibles al ojo humano, o algo así. Esos cuentos de que las mujeres lloran lo dejan para las novelas televisivas, pero las de carne y hueso (o las que me rodearon en la vida a mí) se tragan todo sin llanto, con resignación, incluso orgullo.

Pero acaso esas tareas hogareñas no es lo que hacemos las mujeres a diario sin perder la honra? Entonces, saqué de mi cabeza el chip (que me habían implantado quién sabe cuando) de ” Stepford Wife” y me di cuenta que si todos participamos activamente en las cosas hogareñas, todos somos más agradecidos. Porque saben que tener un hogar limpio, ordenado, lindo, requiere de trabajo extra a tus fuerzas. Aprendí a separar entre mis obligaciones de esposa, madre, empleada y las cosas que podía hacer acompañada o delegar.

Si yo no dejo los zapatos de mis hijos tirados, por qué soy yo quien los recoge?, si no soy yo la única que come en casa, porqué no involucrar a los demás en la tarea de poner la mesa, lavar platos o preparar los alimentos?, si yo no soy la única que ensucia la ropa, porqué no uno lava, el otro cuelga o baja la ropa?, si en casa hay ambos padres, (no aplica para todos los casos) entonces ambos vamos a entrega de notas, a escuchar la charla de la escuela, o nos repartimos en fechas? En este país se puede tener asistente de hogar. Pero como yo me he quedado sola tantas veces que resolví seguir con el trabajo hogareño compartido, así cualquier día hacemos todo en grupo y no pasa nada.

Suena bonito, lo sé, pero a mí me ha tomado años ir implementando hábitos cooperativos en casa, donde compartir tareas no sea algo exclusivo de las mujeres. Primero tuve que des programar mi mente y luego ir trabajando con los demás.

He visto muchísimas mujeres que han sido abandonadas, o mueren de enfermedades en soledad, o se enfrentan solas a la escasez económica, deprimidas, o que son infelices. Y cuando les preguntas qué hubiesen podido cambiar en sus vidas, ya me han respondido que amarse ellas un poco más, no abandonarse tanto a ellas mismas. Porque si no te das amor y tiempo a ti misma, los demás harán lo mismo contigo.

Puedo recordar un domingo en particular en que mi esposo me dijo “me llevo a los niños a desayunar, quédate dormida”. No puedo describir la sensación de dicha y libertad en ese momento. El silencio fue tan ensordecedor que no pude dormirme. Ya no estaba acostumbrada al silencio sin pausa.

Fui a prepararme un café. Escuché el agua hervir en la cafetera, me senté a esperar a que estuviera listo. Ese burbujeo caliente me sonaba a música. No había otro sonido más que ese en toda la casa. Me parecía increíble. Es el café más consiente que he tomado. Podría decir que mientras tomaba cada sorbo de café, estaba tan inmersa en su sabor, su aroma y temperatura, en la sensación de estar viviendo lo que hacía, que se volvió inolvidable.

Decidí delegar actividades y darme cuenta que yo también merecía tener tiempo para beberme un café caliente, leer, o pintar un dibujo, o regar las plantas, o salir a caminar al perro con tal de respirar al aire libre y ver el cielo por las tardes.

Con los años, ojalá hubiesen sido meses, pero con el tiempo me di cuenta que tenía permiso de estar cansada, que tenía permiso de decir “Recoge a los niños, por favor, mi reunión se alargó; yo cocino, ustedes lavan los platos; ordenen su cama antes de salir a la escuela por favor; los zapatos en la zapatera, chicos” etc… hoy tengo permiso de ser igual que los demás que viven conmigo. Así que, si tú no quieres lavar platos, adivina, yo tampoco!, si tú sientes que es un tedio pensar a diario en qué comer, adivina, yo también!, si crees que no es justo que sólo tu eres quien debe levantarse primero con una sonrisa para que los demás te sigan, pues adivina, no estás obligado!, y así… ver que a todos por igual hay tareas que no nos gustan, pero las hacemos. No todos los días serán iguales, por eso me di el permiso de entenderlo. Que no pasa nada si he tenido una semana agotadora, todos la tenemos por igual, iniciando conmigo misma. Me di permiso de ser humana, para amar con más intensidad, porque al final, todos debemos aceptarnos como somos, empezando por mamá.

Si crees que este relato puede servirle a una amiga compártelo, y esperamos que tú también nos escribas para que más historias inspiren y hagan reflexionar a más mujeres.

About Author

REDACCIÓN MPODERATE

You Might Also Like