Por Abogada, Jessica Lemus.

Cuando leemos sobre el divorcio generalmente encontramos  una serie de definiciones y consideraciones técnicas, las cuales abordan la temática desde una perspectiva meramente legal, lo cual no es extraño considerando que, el divorcio es, precisamente, una institución jurídica que pone fin al  vínculo matrimonial. Se nos explica  que existen tres causales válidos para divorciarse: Mutuo consentimiento, separación por más de un año,  y  vida intolerable entre los cónyuges. Nos contaron también que el proceso es sumamente agotador ya que implica una inversión considerable de tiempo y dinero.

Aun cuando todo lo antes dicho es correcto (sobre el divorcio), existe una realidad que nace antes  del trámite, y la cual puede extenderse hasta mucho tiempo después de terminado este, y de la que sin embargo, nadie habla: El costo emocional.

Este tema es escasamente abordado en el mundo jurídico, lo cual es una consecuencia de la indiferencia que impera en los profesionales del derecho, que muy a pesar mío, reducen la complejidad de un proceso estrictamente al valor monetario que el trámite implica, a mayor dificultad, mayores honorarios. En medio de esa indiferencia hace algunos días escuché a un colega hablar sobre lo doloroso que puede ser divorciarse. Intrigada por lo que escuchaba, le pregunté a qué se refería con su afirmación, a lo cual me respondió que definitivamente debe ser muy doloroso tener que compartir todos tus bienes con alguien a quien no quieres volver a ver en tu vida. Una vez más el factor económico es el tema medular.

 Pero no es mi intención, en esta ocasión hablar de la deshumanización del derecho – ese es tema aparte – sino exponer la realidad que viven las valientes mujeres que deciden enfrentar este proceso. Mi experiencia profesional me permite afirmar que el 90% de mujeres que inician el proceso de divorcio han sido víctima de al menos un tipo de violencia – recordando que existen siete reconocidas por la ley salvadoreña: física, económica, feminicida, psicológica y emocional, patrimonial, sexual y económica- y en la gran mayoría de los casos esos abusos no son denunciados ante las autoridades por temor o simplemente por no tener conocimiento de que la situación que viven se considera como  violenta y que contamos con instrumentos legales que nos permiten hacer valer nuestros derechos de mujer y de persona; Y sin embargo, en el desarrollo del proceso de divorcio las mujeres, que son víctimas, son cuestionadas duramente por no haber denunciado antes la situación, llegando inclusive a insinuar que se han acostumbrado a la situación y que muchas veces hasta la disfrutan.

Otra dimensión del costo emocional de la mujer en este proceso es el que se refiere a sus hijos, los cuales, en los casos que se considere necesario, son llamados a rendir declaración, por lo que no es extraño ver a pequeños en medio de lágrimas expresar su miedo a decir algo que afecte a uno de sus padres. He visto a mujeres tener que regatear la cuota alimenticia de sus hijos, porque el monto sugerido – el cual es ridículamente inferior al necesario para criar bien a un menor – no es favorable para la economía del hombre, el cual, muchas veces se vale de artificios legales para convencer de que no tiene el dinero suficiente para responder a sus obligaciones de padre, llegando a considerarse la pensión alimenticia como un favor que este tiene con la mujer y el hijo en común.

Pero esto no se reduce a los juzgados. En una sociedad terriblemente conservadora se sigue pensando que es deber de la mujer mantener el matrimonio aun a costa de su integridad, es el deber ser madre y esposa, y aquella que se atreva a romper el status quo impuesto es considerada como una liberal en el mal sentido de la palabra. Llevar el “divorciada” sigue siendo un estigma, nos vuelve demasiado vividas, demasiado libres, demasiado independientes y todo lo que eso implica en estos días.

Pero es mi intención reconocer la valentía de las mujeres que deciden enfrentarse al escarnio público y pagar el costo emocional que se les demanda, porque son conscientes que nuestra libertad y nuestro derecho a ser respetadas lo vale, y porque tienen la certeza que no siempre habrá de ser de esta manera.

 

 

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REDACCIÓN MPODERATE

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